OPERACIÓN TRAVESAL

Bienvenidos a la aventura

«Nos dijeron que éramos infinitos…

    Sinopsis:

    Amadrinados por una extraña y atractiva mujer que se hace llamar Crihs, y que, pudiendo ser una diva en cualquier lugar del mundo, sin embargo “regenta una taberna” en una ciudaducha, un grupo de muchachos (bueno; ya no tan jóvenes…) consiguen romper sus cadenas sociales y morales, dejar atrás sus cómodas y estúpidas vidas cotidianas para embarcarse en una labor demencial y peligrosa, auspiciados por el mejor sentimiento del mundo; la amistad y la aventura. El riesgo siempre bueno. El arte a cualquier precio. Para intentar, a ese imperio de la estupidez, al sistema que les condena al miedo y al aburrimiento, “robarle sus propias vidas”.

    Sin embargo, pronto acaban reconociendo que el fin último de su aventura ha dejado de importarles. Que el medio es el fin. Que se han convertido en otra clase de seres, mejorados, mágicos, disfrutando el viaje sin preocuparse de que en la estación de llegada los espere la victoria o la tragedia. O, en sus propias palabras: “…locos simpáticos, seres infinitos redimidos de edenes tramposos, incansables hasta el riesgo de caer reventados como caballos de carreras, libres de expresar sus emociones a risas sin medida, aplaudiendo sin vergüenza, llorando sin prudencia, poéticos como para estremecernos por ser capaces de ver en todo el escalofrío de la belleza trágica…”

    Por supuesto, todos están “virulentamente enamorados de Crihs”, aunque en el fondo todos reconocen, incluida Crihs, que a quien quieren es a Fran.

Paradigma de incorrección política, social y moral, OPERACIÓN TRAVESAL sumerge al lector en una aventura minuciosamente vertebrada, recorriendo paso a paso la épica y la lírica de cada uno de sus momentos, la negativa del mundo en que vivimos, “el imperio de la estupidez y la anestesia”.

DESTELLO OPERACIÓN TRAVESAL

«…tuvo un momento de introversión, y tras reflexionar en su interior, inquirió “¿Esa copa sigue allí?”

–Sí (respondo por todos); quieta, sobre el acero. La miramos cada jornada al llegar. Aunque el champán estará desmayado… pero sigue dorado y transparente, no lo ha caído tierra… ¿por? ¿te gustaría ir a verla?

Y ella replica que no, que no es cuestión de verla, pero exclama “Quiero pensar que está allí”.

AVANCE FOTO OPERACIÓN TRAVESAL

«Mientras, en un fondo distal de mi sentimiento que resume toda la aventura, me pregunto si a lo largo de la misma nos hemos abrazado suficiente. Si, ahora que ya no tiene remedio, no tenemos una deuda impagable con los dioses, con lo importante. Y deberíamos volver atrás, y abrazarnos mucho más…»

Otra pincelada de OPERACIÓN TRAVESAL

–Lo que no entiendo es cómo funciona…

Encantador Emidio. Envidiable estado en que aún le podía, lo inconcebible, “regalar la magia”.

–Pues… es algo entre lo simple y la ficción: si el acero se calienta hasta unos setecientos grados y en ese momento arrojas sobre él oxígeno puro, las moléculas del metal y el carbono se combinan con el oxígeno, o dicho en simple: entra en combustión. Te parecerá increíble que el hierro arda, a todos nos lo parece…

–¡Vaya con el hierrito!

–Lo espectacular es que esa combustión es tan violenta que alcanza temperaturas de unos cinco mil grados… lo que hay en algunas partes del sol…

PEQUEÑO TEXTO VERSADO (capítulo «La loncha de queso», Operación travesal)

Paol está sereno en mitad de todo,

Fran toma conciencia de la soledad de su posición

y se acerca para tomarle delicadísimamente de un brazo,

apenas grapándole sin fuerza,

vuelve aquel sentimiento de agrado al ver a Paol

“En compañía de una mujer diez

recibiendo la inconcebible “tendresse” de Fran,

la leyenda,

Paol había llorado solo,

pero ahora están entrando juntos en algún lugar,

el exquisito restaurante de Stirling,

la ciudad de cuento de hadas,

Fran elegantísima lleva un vestido de noche de color nácar

y un bolso de charol,

la extrañeza y la envidia del público,

una nota fallida por los violinistas cuando la miran,

se detiene un instante el murmullo de las fuentes,

la sonrisa de los dioses,

entran juntos en una fragua mitológica

donde la muerte no cuenta

y él y su hermano J.I. custodian los secretos del fuego y el acero,

Fran con la cara sucia del humo de carbón graso

y guantes largos y mandil de cuero-cromo,

sujetando con tenazas el hacha al rojo vivo

mientras Paol con el martillo la modela y la forja,

llueven chispas incandescentes que a ninguno inmutan,

absortos escuchando a Vulcano-J.I.

hablar en arrebato sobre los colores para el temple,

rojo cereza, azul pajizo…

están juntos en el día del entierro,

en el cementerio del pueblo,

Fran tiene unos finísimos guantes oscuros,

aproximándose a Paol abre un paraguas negro,

le cobija de la lluvia que comienza a caer,

llega un tañido desde la iglesia,

hay un estremecimiento general,

el americano tenía razón y las campanas doblan por todos,

ella sabe que nada puede redimir el vacío de un hermano,

pero sí que se puede elegir de qué vamos a llenar ese vacío,

y en él está ahora poniendo la amistad de su presencia,

su coraje sin extremos,

su afrenta como una vida,

Paol lo siente todo eso,

lo siente y después la mira,

lo lee en sus ojos claros,

lo ve en su cara guapísima,

hombro con hombro escuchan la plegaria,

el repicar de la lluvia,

el tañer de la campana,

ese silencio del mármol,

el aire de la mañana,

el consuelo de las cruces,

tierra al caer de las palas,

la ha querido siempre y J.I. sonríe desde la mitología,

al ver que Fran es tan guapa,

al verle en su compañía,

su poder blande el martillo,

el fuego es su legacía,

Fran llega a su fragua con un vestido

hecho con la seda de su paracaídas,

nunca ardió en el fuego y ahora ella es así de suave,

J.I. maneja el corte de plasma

y le habla del hidrógeno atómico y molecular

que produce ese arco a veinte mil grados centígrados,

en esa historia Fran es poderosa y J.I. no muere de cáncer,

y todos juntos comparten la aventura,

ya no son necesarios ni los guantes

ni la tierra, ni el paraguas,

en esa historia no llueve,

ni Paol llora solo,

ni los violinistas fallan un nota

en el restaurante de Stirling,

ni las campanas doblan por todos.


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